Tapar o sanar: La delgada línea entre silenciar el dolor y sanar de verdad

tapar

Las cicatrices también duelen

Cuando hablamos de heridas emocionales, traumas del pasado y patrones familiares tóxicos, nos encontramos con dos caminos muy distintos: el de tapar lo que duele y el de superarlo de verdad. El problema es que, en muchos entornos familiares, especialmente aquellos que perpetúan dinámicas dañinas, se nos enseña a optar por la primera opción.

“La familia es lo primero”, “No hay que remover el pasado”, “Madre solo hay una”…

Seguro que has escuchado alguna de estas frases. Pueden sonar inofensivas, incluso bienintencionadas, pero a menudo funcionan como mecanismos de silenciamiento. No buscan el bienestar de quien sufre, sino mantener el statu quo. Es decir, en lugar de sanar lo que nos lastima, nos piden que lo enterremos bajo una capa de culpa, obligación y negación.

Una vez oí que: “las cicatrices no duelen, son las heridas infectadas las que siguen doliendo” como metáfora de una herida emocional tapada pero no sanada. Pero lo cierto es que las cicatrices también duelen, yo tengo una episotomía de 44 puntos que lo corrobora, Lo que sí que es cierto es que es un dolor sordo, muy puntual y muy escaso. El dolor que sentía cuando la herida estuvo infectada y se soltaban los puntos era indescriptible, me aterraba sentarme y levantarme, es más, evitaba hacerlo hasta el punto de acabar desarrollando infecciones por contenerme para no ir al baño.

Esa es la diferencia entre una herida sanada y una infectada, la primera puede doler, las cosas “no se olvidan con el tiempo”; pero nadie confunde el dolor de una cicatriz que tira un poco cuando cambia el tiempo con el dolor de una herida que nos impide movernos y que nos obliga a cambiar las posturas y los hábitos para sentir un alivio pasajero del dolor que provocan. Si el dolor te limita, te dirige y te impide hacer las cosas que deberías poder hacer entonces estás tapando.

Tapar: El falso alivio de lo no resuelto

Tapar el dolor significa hacer como si no existiera. Es un mecanismo de defensa natural, pero si se prolonga demasiado, se convierte en un problema. Algunos ejemplos de “tapar” incluyen:

  • Minimizar el daño: “No fue para tanto, hay gente que lo pasa peor.”
  • Invalidar las emociones: “Deja de exagerar, todo el mundo tiene problemas.”
  • Evitar el conflicto a toda costa: “No le des vueltas, mejor dejarlo estar.”
  • Fingir que todo está bien: “Sonríe, la vida sigue.”

En un principio es muy probable que estás imposiciones de silencio nos vengan impuestas, pero la mayoría de ellas las hemos interiorizado tan pronto que es nuestra propia voz la que nos silencia, lo que hace mucho más difícil visualizar ese patrón en nuestra familia. Nos decimos a nosotros mismos que nadie nos está silenciando “es que yo soy así”, “no me gusta hablar de estas cosas”, “Sólo quiero ser feliz”… 

A corto plazo, tapar puede parecer una solución efectiva. Nos ahorra enfrentamientos, nos evita sentir emociones incómodas y nos permite seguir con nuestra vida sin profundizar demasiado. Pero el problema no desaparece, solo se transforma en síntomas como ansiedad, depresión, agotamiento emocional o dificultades en nuestras relaciones.

La cultura del silencio disfrazada de “superación”

Cuando en el entorno familiar hay patrones tóxicos arraigados, no se enseña a procesar el dolor, sino a evitarlo. En estas familias, expresar emociones incómodas puede ser visto como una traición o una falta de madurez. Se premia la sumisión y se castiga la confrontación con frases que buscan hacernos sentir culpables por siquiera cuestionar lo que nos ha hecho daño.

Esto nos lleva a una confusión peligrosa: creer que, al no hablar del problema, este deja de existir. Pero tapar el dolor no es lo mismo que sanarlo. Si no lo trabajamos, sigue ahí, manifestándose en ansiedad, problemas de autoestima, relaciones conflictivas o incluso síntomas físicos como fatiga o dolores recurrentes sin explicación médica clara.

A veces las situaciones que se tapan, visto desde fuera, parecen totalmente inverosímiles, tanto que hasta la propia víctima puede llegar a cuestionarse lo que ha vivido. ¿Cómo va una madre a negar que su hija está sufriendo abusos y a educarla para que lo tape si eso va a conllevar que sigan recibiendo esos abusos? 

Ante esta desgarradora verdad la víctima, que tiene que seguir sufriendo abusos y además es castigada cuando intenta expresarlo con incredulidad y otras estrategias de silencio, acaba desarrollando varias estrategias que le hacen más fácil seguir conviviendo en ese entorno y que son la base de los traumas futuros:

  • Mi madre no lo negaría si fuese algo grave, quizás no lo sabía.
  • Puedo controlarlo, el problema es cómo me afecta, el problema soy yo.
  • Quizás haya hecho algo para merecerlo, debería ser más cuidadosa para no provocarlo más.
  • Mi abusador quizás no sepa el daño que me causa, a otras personas les afectaría menos, yo soy muy sensible.

Todas estas interiorizaciones acabarán creando patrones de culpa excesiva, negación, ansiedad… y depende de la edad a la que se iniciara y del tiempo que se haya mantenido será mucho más difícil hacer la asociación entre lo sucedido, las creencias interiorizadas y las consecuencias que se sufren en la actualidad.

¿Cómo saber si estás tapando o superando?

Aquí hay algunas preguntas clave para identificar si estás en un proceso genuino de sanación o simplemente evitando enfrentar el problema:

  1. ¿Puedo hablar de lo que pasó sin sentir que estoy traicionando a alguien?
    • Si cada vez que intentas expresar tu experiencia sientes que estás siendo desleal o que estás “exagerando”, es probable que hayas interiorizado la norma de silenciar el dolor.
  2. ¿He podido procesar mis emociones o simplemente las evito?
    • Si cada vez que algo te recuerda a la situación que te hizo daño sientes la necesidad de distraerte, minimizarlo o buscar escapatorias (trabajo excesivo, adicciones, evitar hablar del tema a toda costa), es posible que solo estés tapando el problema en lugar de enfrentarlo. Si ni siquiera puedes evitarlo y sientes una reacción muy intensa a los detonantes del trauma también es una señal de que estás tapando y la herida no ha sanado.
  3. ¿Me permito sentir tristeza, enfado o dolor sin juzgarme por ello?
    • Si cuando emergen emociones incómodas te dices a ti mismo/a cosas como “ya debería estar bien”, “es una tontería” o “no debería sentirme así”, es una señal de que aún hay trabajo por hacer.
  4. ¿Mis relaciones han cambiado positivamente desde que decidí “superarlo”?
    • Si después de “superarlo” sigues repitiendo los mismos patrones en tus relaciones (aceptar malos tratos, no poner límites, atraer situaciones dañinas), es probable que no hayas trabajado realmente en la raíz del problema.
  5. ¿Me sigo sintiendo víctima de lo que pasó o he encontrado herramientas para resignificar mi historia?
    • Superar no significa olvidar ni justificar el daño, sino integrar la experiencia de una manera que te permita vivir sin que el pasado te defina completamente.

Si tus respuestas indican que aún hay dolor sin resolver, no significa que estés haciendo algo mal, sino que necesitas otro enfoque para sanar de verdad.

¿Qué hacer para dejar de tapar y empezar a sanar?

  1. Reconocer que el dolor no desaparece solo porque se ignore. Permitirte sentir es el primer paso para procesar lo que te ha pasado.
  2. Buscar apoyo en espacios seguros. Terapia, grupos de apoyo o incluso amistades que validen tu experiencia pueden marcar la diferencia.
  3. Aprender a resignificar la historia. No se trata de justificar a quienes te hicieron daño, sino de encontrar una manera de seguir adelante sin cargar con el peso de su culpa.
  4. Darte permiso para soltar, pero cuando realmente estés listo/a. Soltar no es olvidar ni minimizar, sino llegar a un punto donde lo que pasó ya no tenga poder sobre tu presente.

Superar es un proceso activo, no un acto de censura emocional. La clave está en permitirse transitarlo sin prisa, sin culpa y sin exigencias impuestas por los demás. Porque lo que se tapa, tarde o temprano, vuelve a salir a la superficie.

Cuando el pasado nos atrapa: La revictimización

Ahora, también hay otro extremo. A veces, sin darnos cuenta, nos aferramos tanto a nuestra herida que se convierte en parte de nuestra identidad. Nos definimos por el dolor, lo repetimos en cada conversación y nos revictimizamos sin permitirnos avanzar.

Esto puede ocurrir incluso en terapia o en un grupo de apoyo. Encontrar a otras personas que nos comprenden de una manera tan profunda y que han vivido situaciones similares a las nuestras nos provoca una sensación de conexión y bienestar que es muy potente, sobre todo porque nuestra historia se caracteriza precisamente por una falta extrema de aceptación y comprensión. En este entorno es muy fácil que nos aferremos al vínculo que nos ha unido inicialmente y, más allá de fortalecer la relación con algunas de esas personas, acabamos en una espiral de revictimización donde revivir y traumatizar es la única dinámica de unión. 

Es como ese amigo que, años después de haber roto con su ex, sigue contando la misma historia sin haber tomado ninguna acción para sanar, pero como no ha hecho nada más con su vida esa historia y su dolor es la única herramienta de la que dispone para sentirse vinculado con los demás.

Quedarnos atrapados en el pasado no es sinónimo de sanación. La clave está en equilibrar: reconocer lo que pasó, darle su espacio, aprender y seguir adelante con herramientas nuevas.

Conclusión: Soltar con conciencia

Ni tapar ni revivir el dolor una y otra vez nos va a hacer bien. La clave está en un proceso consciente, en el que nos demos el permiso de sentir, de entender y de decidir cómo queremos que nuestra historia nos defina (o no). No se trata de olvidar, sino de integrar. No se trata de hacer como si no pasó, sino de asegurarnos de que ya no nos controla.

Superar no es un acto de un solo día, es un camino. Y cada paso que das en él, es un acto de amor propio. 💙

Si necesitas agendar una cita no dudes en contactar conmigo, pero no olvides que tienes una comunidad de ovejas negras siempre dispuestas a escucharte y a compartir su experiencia.

Oveja Negra Fundadora
Oveja Negra Fundadora

Psicóloga, ilustradora y soñadora convencida de que una vida sin patrones tóxicos es posible.

Articles: 21

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *