Romper el silencio sobre el abuso emocional: hablar aún con miedo

No, no me ha pasado. Me está pasando.

Y sí, duele escribirlo así, en presente.
Porque a veces el proceso no se cuenta desde la herida ya cicatrizada, sino desde una herida abierta.

Estoy en medio de una situación compleja, personal, emocional y legal. Uno de esos procesos que te revuelven por dentro, que te sacan de tu centro, que ponen a prueba cada uno de tus límites y te confrontan con muchas verdades incómodas:
la lentitud de la justicia, los prejuicios que aún arrastramos como sociedad, y el peso del silencio cuando parece que nadie quiere escuchar, pero mucho menos implicarse.

No voy a dar detalles ni nombres. No porque me falten, sino porque ahora mismo tengo que protegerme. Y proteger también a quienes, aunque no lo sepan, están en esta historia.

Pero sí voy a hablar de lo que esto genera por dentro. Porque de eso va este espacio:
De abrirse aunque duela, de poder contar tu historia sin el miedo a las consecuencias, a las represalias de los implicados.
De poder soltar sin sentir que importa más cómo se puedan sentir el abusador y los colaboradores que tú como víctima de esta historia.


🔁 Cosas que he aprendido en carne viva:

  • El silencio no protege. Lo único que hace es prolongar el daño y permitir que siga pasando.
  • Que no cuentes tu historia solo beneficia a los abusadores y colaboradores: les permite reafirmarse en la idea de que eres tú quien está haciendo mal las cosas al remover el pasado y no ellos por no responsabilizarse de sus actos, aunque vivan instalados en la culpa.
  • No es lo mismo flagelarse que asumir consecuencias.
  • La culpa no educa. Solo paraliza. Con demasiada frecuencia se confunde culpa con responsabilidad.
    • La culpa es la que me hace sentir mal e impotente, la que me mantiene en la autoflagelación por lo que hice mal o “podría haber hecho mejor”. La que me impide tomar mejores decisiones por miedo a seguir equivocándome.
    • Pero la responsabilidad es la que me hace seguir luchando, es la que me lleva a emprender las acciones necesarias para resolver las consecuencias de mis errores.

Callar lo que has vivido no es avanzar.
Es dejar que el pasado tenga las riendas de tu presente.

Cuando he sido yo la perjudicada muchas veces he preferido callar, evitar el conflicto.
Aún a día de hoy a veces recurro a esa salida, porque a veces no tengo fuerza para batallar, porque a veces no me veo capaz de afrontar las consecuencias de alzar la voz.

Pero cuando es una persona a la que intentas proteger la que te dice que prefiere seguir aguantando, porque las posibles consecuencias de negarse en voz alta le dan aún más terror que seguir aguantando los malos tratos y las humillaciones, te das cuenta de que callarse es sólo una solución a corto plazo.


Porque el maltrato tiene su propia lógica:

  • Es algo a lo que te has ido acostumbrando poco a poco, llevas años tolerándolo.
  • Pero las consecuencias de poner límites son aterradoras e inmediatas:
    • La persona a la que pones límite se muestra mucho más agresiva.
    • En tu entorno se te cuestiona porque “de repente” te has vuelto conflictivo.
    • Los que deberían ser objetivos e imparciales parecen más dispuestos a creer que mientes.
    • Porque aceptar que es cierto supone acusar a otra persona de un delito “sin pruebas”, y poca gente está dispuesta a asumir ese riesgo.

Demostrar un daño que solo ocurre en lo privado —que te va mermando poco a poco, que tú misma has negado y justificado ante todo el mundo, y que se cuida mucho de pasar desapercibido de cara a los demás— es una misión imposible.

Porque no basta con gritar una vez para que el proceso se termine,
sino que tienes que repetirlo una y otra vez,
aún cuando empiezas a sentir que quizás no valga la pena el esfuerzo.


Sé que muchas veces lo que más miedo da no es lo que te pasa, sino quién te va a creer si lo cuentas.

Lo sé porque lo estoy viviendo.
Y la triste realidad es que creerte está más relacionado con las consecuencias y el esfuerzo que les exija a cada uno, que con lo convincente o creíble que puedas ser tú.

Y también sé que hablar no siempre se siente como liberación inmediata.
A veces es otro duelo.
Pero uno necesario, que no perpetúa el daño, sino que te abre un nuevo camino para dejar de recibirlo.


🐑 Este rebaño existe por eso:

  • Para las que caminan aun cuando no hay un camino trazado ni fácil de recorrer.
  • Para las que gritan porque resistir en silencio ya no les cabe en el pecho.
  • Para las que, a pesar del barro, no han dejado de ser ellas.
  • Sintiéndose valientes aun cuando están deshechas y agotadas.

Aquí no necesitas haber terminado el proceso para hablar.
Aquí no hay recetas rápidas ni lecciones desde el pedestal.
Aquí sólo está la voz y el apoyo de alguien que también está atravesando un camino de espinas.

Si tú también estás ahí, no estás sola.
Aquí está tu rebaño.

Oveja Negra Fundadora
Oveja Negra Fundadora

Psicóloga, ilustradora y soñadora convencida de que una vida sin patrones tóxicos es posible.

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